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AUGUSTO POLO CAMPOS

AUGUSTO POLO CAMPOS

A las 11.40 de la noche del 17 de enero del 2018 falleció el genial compositor peruano Augusto Armando Polo Campos, a los 85 años de edad, en la clínica miraflorina Good Hope, en la unidad de cuidados intensivos, al sobrevenirle un infarto debido a complicaciones con la diabetes que padecía.  Augusto Polo Campos fue un genio, porque de otra manera no podemos comprender como pudo hacer música cuando nunca lo estudió ni tampoco llegó a tocar ningún instrumento musical.

Nació el 25 de febrero de 1932 en el distrito de Puquio, provincia de Lucanas, Ayacucho.  Siendo niño fue traído a Lima por sus padres, el mayor del Ejército Peruano, Rodrigo Polo Alzamora, y Flor de María Campos, llegando a vivir en la calle Tintoreros, a media cuadra de la Alameda de los Descalzos, en el Rímac, donde se armaban grandes jaranas.  Su familia materna como paterna tenía destacados cultores del criollismo: las cantantes Graciela y Noemí Polo (del dúo Las Limeñitas) eran sus primas; Oswaldo Campos (del dúo Irma y Oswaldo) era su tío.  En ese ambiente, no resultó extraño que Augusto Polo Campos se aficionara a la música criolla desde muy joven.  Desde tierna edad mostraba gran aptitud para la composición poética.  Cuentan que a los 12 años de edad compuso su primer vals dedicado a una chica que vio y que lo inspiró.

En la década de los años 50 sus canciones son interpretadas por “Los Troveros Criollos”.

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Bajo presión familiar, por los años 50, ingresa a la Escuela de la Policía de Investigaciones del Perú, donde trabajaría por 10 años.  Sin embargo, el primer premio de 30 mil soles de un renombrado festival criollo con el vals “Limeña”, lo convencen de pedir su retiro voluntario de la policía (PIP) en 1964.

En la década de los años 60 colabora con “Los Morochucos”, integrado por Alejandro Cortez, Augusto Ego Aguirre y Oscar Avilés.  Esos años se populariza “Cuando llora mi guitarra”; “Si Lima pudiera hablar”, “Cariño malo”,  “Regresa”.

Los años 70 la canción “Y se llama Perú”, interpretada magistralmente por Arturo “Zambo” Cavero con la guitarra del maestro Óscar Avilés, se convierte en el “himno” de la peruanidad.  De esa misma época es el vals “Cada domingo a las doce”.

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El talento de Augusto Polo Campos fue reconocido internacionalmente el 3 de junio de 1987 cuando fue galardonado por la OEA con el título de “Patrimonio Artístico de América“, junto con Jesús Vásquez, Luis Abanto Morales, Oscar Avilés y Arturo ‘Zambo’ Cavero.

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Arturo “Zambo” Cavero, Luis Abanto Morales, Jesús Vásquez, Augusto Polo Campos, y Oscar Avilés.

Durante años fue libretista de programas cómicos de televisión, como los monólogos políticos de “Camotillo el Tinterillo”, personaje interpretado por Tulio Loza.  Además de compositor y cantante, fue columnista, creativo de comerciales, presentador de eventos.  Hasta sus últimos días dirigió la Escuela de Canto Contigo Perú.  También compuso himnos para varios colegios en Lima y del interior del país.

Los más grandes cantantes nacionales e internacionales interpretaron y grabaron sus composiciones, que se cuentan por cientos.  Aunque Polo Campos manifiesta, en alguna de sus entrevistas, que son miles.  Su genio musical y poético es conocido y reconocido.  Su vida privada, especialmente la amorosa, seguramente generará polémica.

Según APDAYC (Asociación Peruana de Autores y Compositores) , Augusto Polo Campos tiene registrados casi 170 composiciones que le reportan considerables regalías.

El último acto de reconocimiento para Augusto Polo Campos se realizó el 21 de noviembre del 2017, en el marco del Día del Músico 2017, cuando el Ministerio de Cultura del Perú le otorgó la distinción “Personalidad Meritoria de la Cultura”, junto a otros representantes de diversos géneros musicales, por contribuir al enriquecimiento de la música peruana a través de diversos géneros populares y hacer visible las lenguas originarias.

Muchas de las anécdotas de Augusto Polo Campos fueron reunidas en un libro titulado “La Filosofía de mi Cultura”.

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“La música es el corazón de la vida.  Por ella habla el amor; sin ella no hay bien posible y con ella todo es hermoso”

Franz Liszt (1811 – 1886) Pianista y compositor austriaco de origen húngaro.

 

 

FUENTES:

https://elcomercio.pe/

https://publimetro.pe

http://elmontonero.pe

http://www.americatv.com.pe

 

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ENFERMEROS (AS)

Una noticia periodística del 14 de febrero del 2018  resalta una entrevista a la Decana del Colegio de Enfermeros del Perú (CEP), Srta. Liliana La Rosa, quien manifiesta: Somos una profesión mayoritariamente femenina y, por ende, invisibilizada.  El servicio y cuidado está vinculado a la acción doméstica.  Así como en la casa la mamá hace todo, pero el papá se lleva las palmas, lo mismo se replica en la salud pública”.  “Hace siete años, las enfermeras ganamos el espacio para dirigir hospitales y redes de salud, pero los médicos se opusieron y nos denunciaron.  El Tribunal Constitucional dijo que sí podíamos dirigir, pero se han presentado casos de violencia psicológica, acoso y violencia física hacia las enfermeras”.  “En el Perú no se respeta el ratio internacional de enfermera-paciente.  En Estados Unidos tienes 111 enfermeras por cada 10 mil habitantes, en el Perú hay 12 enfermeras por cada 10 mil habitantes.  Necesitamos 250 mil enfermeras.  Nosotros tenemos más de 87 mil colegiadas; de éstas, 57 mil están ejerciendo su trabajo”.  “A esto se suma la invisibilización, el maltrato, los bajos sueldos, el riesgo ocupacional y penal. En la actualidad hay enfermeros que después de cinco años de estudios, de medio año de internado, graduados con tesis, que realizaron el Servicio Rural y Urbano Marginal de Salud (SERUM), terminan ganando 950 soles”.  “Nosotros queremos que el Ejecutivo cumpla con elevar el presupuesto público en salud a los estándares de América Latina (7.5% del PBI).  Nosotros estamos en 5.5%.  La salud está en crisis por recursos humanos, por la falta de insumos y por este modelo biomédico, es decir, dependemos de los médicos.  Hemos solicitado al ministro de Salud la admisión del CEP al Consejo Nacional de Salud”.

La mencionada Decana solicita participación de las enfermeras en las decisiones de las políticas públicas de salud y está decidida a asumir la Reforma de Enfermería.  Denuncia sobre explotación laboral y patriarcalismo institucional.  Que es importante la labor de la Defensoría del Enfermero.  Solicita admisión del CEP al Consejo Nacional de Salud, consejo que es el órgano consultivo del Ministerio de Salud cuya misión es concertar y coordinar participación interinstitucional de los sectores público y privado, en el contexto del Sistema Nacional de Salud.

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Todos los pacientes que alguna vez llegamos a ser atendidos por las enfermeras en un hospital, por resquebrajamiento en nuestra salud, sabemos la importantísima labor humanitaria que ellas brindan para aliviar nuestras dolencias, sin mostrar cansancio ni queja alguna.  Cumpliendo las indicaciones médicas,  están siempre solícitos para atender al paciente.  Y  ellas sufren cuando éste empeora y se alegran cuando mejora.

Agradecer la gran labor que cumplen las enfermeras es reconocer que ofrendan sus vidas al servicio de sus pacientes.  Enfermeros y enfermeras, realizan labor sacrificada, poco reconocida, hasta a veces incomprendida.  Pero igual, ellas no desmayan en su entrega diaria, a cualquier hora, de día o de noche, siempre al lado del paciente, atendiéndolos, cubriéndolos, acomodándolos, medicándolos.  Amanecen y anochecen sin mostrar cansancio ni queja alguna.  Gracias, enfermeras y enfermeros, por ayudar al paciente a sobrellevar el mal, alentándolos para una pronta mejoría.  Sus cuidados, su atención, son admirables.  Son seres privilegiados, instrumentos divinos que con amor y compasión mitigan las dolencias de sus pacientes, desbordando generosidad a raudales.  Que Dios se los pague.

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“Como enfermeras tenemos la oportunidad de curar el corazón, el alma y el cuerpo de los pacientes, de sus familias y las nuestras. No recordarán tu nombre pero si recordarán lo que hiciste por ellos”.

Maya Angelou.

“No cualquiera puede ser enfermera.  Se requiere de fuerza, inteligencia y compasión, cuidar de los enfermos del mundo con pasión y hacer el bien sin importar lo exhausta que estés al final del día”.

Donna Wilk Cardillo.

“Si salvas una vida eres un héroe, pero si salvas 100 vidas eres una enfermera”.

Anónimo.

 

 

FUENTES:

https://diariocorreo.pe/ciudad/

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LEONCIO PRADO GUTIÉRREZ

LEONCIO PRADO GUTIÉRREZ

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Nació en la ciudad de Huánuco (Perú) el 24 de agosto de 1853.  Fue hijo del General Mariano Ignacio Prado y Ochoa y de María Evangelina Gutiérrez Cortez.  Inicia estudios en su tierra natal en 1857.  Se traslada a Lima para vivir con su tío porque su papá estaba comandando su regimiento en Piura en la guerra con Ecuador (21 de octubre de 1857) que concluye con el Tratado de Mapasingue del 25 de enero de 1860.  El regimiento de su padre regresa a Piura y Leoncio estudia allí hasta 1862.  Por aquellos tiempos era común que niños huérfanos o hijos de militares se incorporasen a regimientos militares.  A los 7 años, en 1861 ingresa como soldado al regimiento de su padre, trasladándose a Lambayeque y luego a Lima con ellos, hasta 1863 donde su padre es destacado a Tacna.  Leoncio se queda en Lima internado en el Colegio “Nuestra Señora de Guadalupe”.  El 27 de octubre de 1865 abandona el colegio y se incorpora a su regimiento que se encontraba en Pisco, porque su padre se había sublevado en contra del presidente Pezet por la firma del lesivo Tratado Vivanco-Pareja.  Con 12 años de edad, el 2 de diciembre de 1865 se incorpora a la fragata “Apurímac”, y es ascendido a  oficial del ejército el 1 de abril de 1866 por su actuación en Abtao.  En el combate del 2 de mayo de 1866 participa como tripulante de la nave “Tumbes” y es ascendido a alférez de fragata, volviendo luego a la Escuela Militar hasta diciembre de 1866.  El 21 de julio de 1867, con la expedición de investigación hidrográfica se dirigen a Huánuco, se extravía en Palcazu, es rescatado por Antonio Raimondi de los Campas.  Estuvo en Iquitos incorporado a la flotilla “Amazonas”, permaneciendo hasta julio de 1869, regresando a Lima para estudiar en el Convictorio San Carlos, donde obtiene una beca para estudiar ingeniería en Estados Unidos, en la Universidad de Richmond.  En vacaciones de 1875 viaja a Cuba y Centroamérica y decide participar en las acciones libertarias de los cubanos.  Con la idea de apoderarse de naves españolas, zarpa con 10 patriotas cubanos como pasajeros del vapor “Moctezuma”, en plena travesía reducen a la tripulación y la someten, cambiando de nombre al barco por el de “Céspedes” e izando la bandera cubana en honor a Carlos Manuel Céspedes, patriota cubano que encabezó la revolución en 1868.  El 7 de enero de 1877, frente a Nicaragua, al verse bloqueado por naves españolas, pone a salvo a sus tripulantes e incendia el “Céspedes”, padeciendo larga y penosa travesía para regresar a los Estados Unidos.  Por esta acción el pueblo cubano lo reconoce como “Coronel Benemérito de la Patria” y la prensa lo declara “Marinero Legendario”.  En 1878, junto a sus hermanos Justo y Grocio, van en apoyo del pueblo filipino, pero su nave naufraga y es rescatado por una nave inglesa, con el cual llegan al viejo continente, hasta China, India y Arabia, regresando luego a Estados Unidos.

Tenía 26 años de edad cuando regresa al Perú tras declararse la infausta Guerra del Pacífico el 5 de abril de 1879.  Se incorpora a la marina nacional (9 de agosto de 1879), participando en la defensa de Arica el 24 de febrero de 1880.  Luego, se incorpora al ejército en Tacna, peleando en el Alto de la Alianza el 26 de mayo de 1880, donde fallece su hermano Grocio.  Fue herido y hecho prisionero en Tarata el 21 de junio de 1880, cuando cubría la evacuación de nuestros soldados sobrevivientes hacia Arequipa.  Fue liberado a fines de 1881 en San Bernardo (Chile) bajo palabra de honor de no participar en guerra contra Chile.

Pero una vez libre, Leoncio Prado regresa a su tierra (Huánuco) en febrero de 1882, para captar voluntarios y volver a la lucha contra los invasores chilenos.

Muchos patriotas de la región se le unieron, incorporándose luego a las fuerzas del coronel Isaac Recavarren, para después engrosar el ejército de Andrés Avelino Cáceres.

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Sobre los peruanos de la “Campaña de la Breña” un autor chileno escribió: “Recorrieron sin tregua ni descanso distancias enormes; pasando cordilleras cubiertas de escasa nieve; atravesando caudalosos ríos, bosques primitivos y superando vertiginosos desfiladeros.  Ni el hielo de las cordilleras, ni la falta de agua y víveres, ni la escasez de municiones y medios de transporte para sus tropas, ni los descalabros sufridos; nada fue bastante para doblegar su voluntad de acero, ni quebrantar sus fuerzas físicas ni doblegar su energía”.

Leoncio Prado realiza acciones de lucha tanto en Oyón, Canta y Chancay, para luego estar presente en el paso de Llanganuco (Ancash) y entregar heroicamente su vida en la batalla de Huamachuco el 10 de julio de 1883, donde participa como Jefe del Estado Mayor del Ejército del Centro.  La batalla comenzó siendo favorable a las fuerzas peruanas, sin embargo sus escasas municiones se agotaron y los chilenos contraatacaron, causándonos la pérdida de más de la mitad de nuestros efectivos, incluidos jefes y oficiales.   El General Andrés Avelino Cáceres logró huir y luego continuaría la resistencia peruana.  El Coronel Leoncio Prado es evacuado herido gravemente en la pierna, y luego de días fue localizado por el enemigo.  Se dice que es condenado a muerte por haber faltado a su palabra de honor de no actuar en contra del ejército chileno. 

“Me he batido después muchas veces defendiendo al Perú y soporto sencillamente las consecuencias. Ustedes en mi lugar, con el enemigo en la casa, harían otro tanto. Si sano y me ponen en libertad y hay que pelear nuevamente, lo haré, porque ése es mi deber de soldado y de peruano” dijo Leoncio Prado, según comentario del mayor Aníbal Fuenzalida al historiador Nicanor Molinare.

Así murió Leoncio Prado Gutiérrez el 15 de julio de 1883, por balas de soldados chilenos, tras dirigir al pelotón de fusilamiento, según cuenta la historia oficial.  Mientras que el parte militar del ejército chileno indica que Leoncio Prado se suicidó.  Posteriores indagaciones a descendientes de los lugareños de esa época indican que sus ancestros les contaron que nuestro héroe fue asesinado salvajemente en su lecho de herido.  Tenía 30 años de edad, de los cuales 22 fueron dedicados al servicio de la libertad de los pueblos.

En todo caso, nuestro héroe fue una víctima más de los bárbaros invasores, quienes en Huamachuco hicieron repase de todos los peruanos heridos y prisioneros porque los consideraron terroristas.

Los restos de Leoncio Prado fueron enterrados en el cementerio de Huamachuco, por los lugareños.  Posteriormente fueron trasladados a la Cripta de los Héroes del Museo Cementerio Presbítero Matías Maestro en Lima.

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“Huanuqueños, hermanos de mi alma, hijos de mi pueblo.  Sabed que las balas del enemigo no matan y que morir por la patria es vivir en la inmortalidad de la gloria”.

Leoncio Prado Gutiérrez (1853 – 1883).

 

 

 

 FUENTES:

http://www.historiacultural.com

http://www.munitingomaria.gob.pe

https://www.ecured.cu/

http://rpp.pe/lima/actualidad/

http://www.perueduca.pe

http://www.cmlpxxx.com/

https://historiaperuana.pe/

 

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ABEL, DESCANSA EN PAZ.

ABEL, DESCANSA EN PAZ.

César Vallejo escribió: “Hay golpes en la vida, tan fuertes.  Yo no sé”, en su poema “Los Heraldos Negros”.

Esta frase podría aplicarse al caso ocurrido a la familia Gómez Suárez, quienes inesperadamente han perdido al último hermano varón, porque el mayor (Héctor) falleció hace algunos años atrás.

Conocí a Abel Gómez Suárez cuando éste era aún pequeño.  Era toda una pintura de niño.  Con su carita sonriente, ojitos grandes y vivaces, su pelito ensortijado.  Siempre caminaba alegre, con una sonrisa a flor de labios, feliz, contento, como todo niño de su edad.  Abelito era el último hijo de don Alejandro Gómez Horna y de doña Justa Suárez de Gómez, matrimonio que a mi parecer conservaba los cánones de aquellos hogares clásicos.  Don Alejandro Gómez Horna, carpintero de profesión, cumplía su trabajo bajo un estricto horario, tratando de ser ejemplo para su familia.  Y la madre, doña Justa Suárez, digna y clásica madre, toda eficiencia, sacrificada y dedicada a su hogar, que con sólo su presencia imponía seriedad, confianza y respeto mutuo.  En resumen, en este matrimonio reinaba la armonía, el trabajo, el respeto, y la responsabilidad.  Y todo eso se veía reflejado en el comportamiento de los hijos.  Viví cerca de ellos porque fui inquilino de ellos.  Abel tenía un hermano mayor que era Héctor, y varias hermanas mayores.  Posteriormente llegamos a ser familia por mi hermana que se casó con Héctor.

Abel estudió la primaria, luego la secundaria y se graduó de técnico ebanista en la ciudad de Lima, donde pasó años trabajando para empresas que fabricaban muebles para todo tipo de artefactos.  Un buen día regresó a San Rafael (Huánuco), a la casa familiar, donde se puso a trabajar junto a su padre y a su hermano mayor Héctor, en la carpintería.

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La vida cotidiana en San Rafael (Huánuco) transcurría tranquila, donde todos estaban ocupados en sus quehaceres personales.  A mediados de los años ochenta, del siglo diecinueve, se rompió esa tranquilidad, porque aparecieron en escena los seguidores de Abimael Guzmán, en su mayoría estudiantes de la universidad de Huamanga, que se habían diseminado por buena parte de las comunidades campesinas de nuestros Andes, para liderarlos en los proyectos que los animaban.  Estos seguidores del “Pensamiento Gonzalo” hicieron evidente su presencia cuando empezaron a realizar ajusticiamientos luego de un “juicio popular” a algunos campesinos que eran abigeos, luego siguieron algunas autoridades como víctimas porque no querían colaborar con ellos.  Así, se hizo peligroso ejercer un cargo de autoridad por estas zonas.  La actividad subversiva siguió creciendo a la par que el temor ciudadano.  Nadie quería asumir algún cargo de autoridad, solo algunos se arriesgaron a aceptarlos.  Entre éstos últimos estuvo Abel, quien fue teniente alcalde, luego alcalde y gobernador del distrito.  Físicamente salió indemne de estos cargos, siempre alternados con su trabajo de carpintero y ebanista.

La situación de inseguridad en aquellos días era real y no una percepción, como ahora también se dice.  El asesinato de mi amigo el alcalde de San Rafael, don Emilio Llanos Zambrano, a fines de los años ochenta, lo testimonia.  Fue ejecutado cuando apenas empezaba a ejercer la alcaldía distrital, en su propia casa, en San Rafael, en horas de la tarde de un día domingo.  Luego, los subversivos dinamitaron un puente, esa misma tarde, causando zozobra en la población.

Han pasado los años y Abel regresó a Lima los años noventa a establecerse en el distrito de San Juan de Lurigancho, para ejercer allí su trabajo de carpintero.  A fines del mes de julio de este año dos mil diecisiete, sus vecinos al notar su ausencia por varios días, dieron aviso a la policía quienes al intervenir descubrieron el cadáver de Abel, al parecer fallecido hacía varios días. Hasta el momento la autopsia no ha revelado la causa de su muerte, pudiendo sospecharse de un ataque cardiaco que no le dio tiempo de avisar a sus hermanas o sobrinos.  Abel era soltero, por ello vivía solitario y los únicos que notaron su ausencia fueron sus vecinos, quienes se movilizaron, dieron aviso a la policía y luego a sus familiares.  Sus hermanas, sobrinos, amigos y paisanos llegaron de todos lados al lugar de los hechos.  Ya no se podía hacer otra cosa más que llorar por su inesperada partida.  Los más afectados fueron los sobrinos que crecieron cercanos a Abel; quienes le lloraron hasta el mismo momento de su entierro, que se llevó a cabo tras los trámites de ley.  Abel Gómez Suárez fue buen hijo, trabajador, honesto, mejor amigo y buen vecino, donde quiera que se haya encontrado.  Ya no veremos más su cara sonriente ni su serena personalidad.  Este golpe ha sido duro para toda su familia, sus amigos, sus paisanos y conocidos suyos, como sus últimos vecinos de San Juan de Lurigancho, a quienes quedamos agradecidos por toda su preocupación y apoyo.

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Abelito, has sido un buen niño, un buen hijo, un buen ciudadano, un hombre al servicio de los demás, un profesional de la carpintería; un hombre educado y sobre todo respetuoso de los demás y útil a tu familia, a la sociedad y al país.  Descansa en paz, Abel.

 

La muerte sólo tiene importancia en la medida en que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida.

André Malraux (1901-1976) Novelista y político francés.

 

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EL HOMBRE DE LA BANDERA

EL HOMBRE DE LA BANDERA

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Desfile delante del obelisco a Pomares, recordando la batalla de Jactay.

Este es uno de los cuentos que forman parte de lo publicado por Enrique López Albújar en sus Cuentos Andinos (1920).  Como obra literaria pertenece al realismo indigenista, donde el autor conecta con la narrativa moderna de autores como Ciro Alegría, José María Arguedas, entre otros, planteando la tesis del mesticismo (de mestizaje), acercándolo a la realidad con una mayor imparcialidad.

La trama de la obra se ubica en 1883, durante la ocupación chilena a nuestra patria, en este caso a la ciudad de Huánuco.  Pero mejor ingresemos en el relato del autor.

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EL HOMBRE DE LA BANDERA

Escribe: Enrique López Albújar

Fue en los días que pesaba sobre Huánuco una enorme vergüenza.  No sólo era ya el sentimiento de la derrota, entrevista a la distancia como un desmedido y trágico incendio, ni el pavor que causan los ecos de la catástrofe, percibidos a través de la gran muralla andina, lo que los patriotas huanuqueños devoraban en el silencio conventual de sus casas solariegas; era el dolor de ver impuesta y sustentada por las bayonetas chilenas a una autoridad peruana, en nombre de una paz que rechazaba la conciencia pública.  La lógica provinciana, rectilínea, como la de todos los pueblos de alma ingenua, no podía admitir, sin escandalizarse, esta clase de consorcios, en los que el vencido, por fuerte que sea, tiene que sentir a cada instante el contacto depresivo del vencedor.  ¿Qué significaban esos pantalones rojos y esas botas amarillas en Huánuco, si la paz estaba ya en marcha y en la capital había un gobierno que nombraba autoridades peruanas en nombre de ella?

El patriotismo no sabía responder a estas preguntas.  Sólo sabía que en torno de esa autoridad, caída en Huánuco de repente, se agitaban hombres que días antes habían cometido, al amparo de la fuerza, todos los vandalismos que la barbarie triunfante podía imaginar.  Un viento de humillación soplaba sobre las almas.  Habríase preferido la invasión franca, como la primera vez; el vivir angustioso bajo el imperio de la ley marcial del chileno; la hostilidad de todas las horas, de todos los instantes; el estado de guerra, en una palabra, con todas sus brutalidades y exacciones.  ¡Pero un prefecto peruano amparado por fuerzas chilenas!…  Era demasiado para un pueblo, cuyo virilidad y soberbia castellana estuvieron siempre al servicio de las más nobles rebeldías.  Era lo suficiente para que a la vergüenza sobreviniera la irritación, la protesta, el levantamiento.

Pero en esos momentos faltaba un corazón que sintiera por todos, un pensamiento que unificase a las almas, una voluntad que arrastrase a la acción.  La derrota había sido demasiado dura y elocuente para entibiar el entusiasmo y el celo patrióticos.  La razón hacía sus cálculos y de ellos resultaba siempre, como guarismos fatales, la inutilidad del esfuerzo, la esterilidad ante la irremediable.  Y al lado del espíritu de rebeldía se alzaba el del desaliento, el del pesimismo, un pesimismo que se intensificaba al verse a ciertos hombres – ésos que en todas partes y en las horas de las grandes desventuras saben extraer de la desgracia un beneficio o una conveniencia– paseando y bebiendo con el vencedor.

II

Pero lo que Huánuco no podía hacer iban a hacerlo los pueblos.  Una noche de agosto de 1883, cuando todas las comunidades de Obas, Pachas, Chavinillo y Chupán habían lanzado ya sobre el valle millares de indios, llamados al son de los cuernos y de los bronces, todos los cabecillas – una media centena– de aquella abigarrada multitud, reunidos al amparo de un canchón y a la luz de las fogatas, chacchaban (1) silenciosamente, mientras uno de ellos, alto, bizarro y de mirada vivaz e inteligente, de pie dentro del círculo, les dirigía la palabra.

– Quizás ninguno de ustedes se acuerde ya de mí.  Soy Aparicio Pomares, de Chupán, indio como ustedes, pero con el corazón muy peruano.  Los he hecho bajar para decirles que un gran peligro amenaza a todos estos pueblos, pues hace quince días que han llegado a Huánuco como doscientos soldados chilenos.  ¿Y saben ustedes quiénes son esos hombres?  Les diré.  Esos son los que hace tres años han entrado al Perú a sangre y fuego.  Son supaypa-huachashgan (2) y es preciso exterminarlos.  Esos hombres incendian los pueblos por donde pasan, rematan a los heridos, fusilan a los prisioneros, violan a las mujeres, ensartan en sus bayonetas a los niños, se meten a caballo en las iglesias, roban las custodias y las alhajas de los santos y después viven en las casas de Dios sin respeto alguno, convirtiendo las capillas en pesebreras y los altares en fogones.  En varias partes me he batido con ellos…  En Pisagua, en San Francisco, en Tacna, en Tarapacá, en Miraflores…  Y he visto que como soldados valen menos que nosotros.  Lo que pasa es que ellos son siempre más en el combate y tienen mejores armas que las nuestras.  En Pisagua, que fue el primer lugar en que me batí con ellos, los vi muy cobardes.  Y nosotros éramos apenas un puñado así.  Tomaron al fin el puerto y lo quemaron.  Pero ustedes no saben dónde queda Pisagua, ni qué cosa es un puerto.  Les diré. Pisagua está muy lejos de aquí, a más de trescientas leguas, al otro lado de estas montañas, al sur…  Y se llama puerto porque está al pie del mar.

– ¿Cómo es el mar, taita (3)? – exclamó uno de los jefes.

– ¿Cómo es el mar…?  Una inmensa pampa de agua azul y verde, dos mil, tres mil veces más grande que la laguna Tuctu-gocha, y en la que puede caminarse días enteros sin tocar en ninguna parte, viéndose apenas tierra por un lado y por el otro no.  Se viaja en buque, que es como una gran batea llena de pisos, y de cuartos y escaleras, movida por unos hornos de fierro que tragan mucho carbón.  Y una vez adentro se siente uno mareado, como si se hubiese tomado mucha chacta(4).


III

El auditorio dejó de chacchar y estalló en una estrepitosa carcajada.  ¡Qué cosas las que les contaba este Pomares!…  Habría que verlas.  Y el orador, después de dejarles comentar a sus anchas lo del mar, lo de la batea y lo del puerto, reanudó su discurso.

– Como les decía, esos hombres, a quienes nuestros hermanos del otro lado llaman chilenos, desembarcaron en Pisagua y lo incendiaron.  Y lo mismo vienen haciendo en todas partes. Montan unos caballos muy grandes, dos veces nuestros caballitos, y tienen cañones que matan gente por docenas, y traen escondido en las botas unos cuchillos curvos, con los que les abren el vientre a los heridos y prisioneros.

– ¿Y por qué chilenos hacen cosas con piruanos?– interrogó el cabecilla de los Obas–.  ¿No son los mismos mistis (5)?

– No, esos son otros hombres.  Son mistis de otras tierras, en las que no mandan los peruanos.  Su tierra se llama Chile.

– ¿Y por qué pelean con los piruanos? – volvió a interrogar el de Obas.

– Porque les ha entrado codicia por nuestras riquezas, porque saben que el Perú es muy rico y ellos muy pobres.  Son unos piojos hambrientos.

El auditorio volvió a estallar en carcajadas. Ahora se explicaban por qué eran tan ladrones aquellos hombres: tenían hambre.  Pero el de Obas, a quien la frase nuestras riquezas no le sonaba bien, pidió una explicación.

– ¿Por qué has dicho Pomares, nuestras riquezas?  ¿Nuestras riquezas son, acaso, las de los mistis?  ¿Y qué riquezas tenemos nosotros?  Nosotros sólo tenemos carneros, vacas, terrenitos y papas y trigo para comer.  ¿Valdrán todas estas cosas tanto para que esos hombres vengan de tan lejos a querérnoslas quitar?

– Les hablaré más claro – replicó Pomares–.  Ellos no vienen ahora por nuestros ganados, pero sí vienen por nuestras tierras, por las tierras que están allá en el sur.  Primero se agarrarán esas, después se agarrarán las de acá.  ¿Qué se creen ustedes?  En la guerra el que puede más le quita todo al que puede menos.

– Pero las tierras del sur son de los mistis, son tierras con las que nada tenemos que hacer nosotros – argulló nuevamente el obasino–.  ¿Qué tienen que hacer las tierras de Pisagua, como dices tú, con las de Obas, Chupán, Chavinillo, Pachas y las demás?

– Mucho.  Ustedes olvidan que en esas tierras está el Cusco, la ciudad sagrada de nuestros abuelos.  Y decir que el misti chileno nada tiene que hacer con nosotros es como decir que si mañana, por ejemplo, unos bandoleros atacaran Obas y quemaran unas cuantas casas, los moradores de las otras, a quienes no se les hubiera hecho daño, dijeran que no tenían por qué meterse con los bandoleros ni por qué perseguirlos.  ¿Así piensan ustedes desde que yo falto de aquí?

– ¡No! – contestaron a un tiempo los cabecillas.  Y el obasino, casi convencido, añadió:

– El que daña a uno de nuestra comunidad daña a todos.

– Así es.  ¿Y el Perú no es una comunidad? – gritó Pomares–.  ¿Qué cosa creen ustedes que es Perú?  Perú es muy grande.  Las tierras que están al otro lado de la cordillera son Perú; las que caen a este lado, también Perú.  Y Perú también es Pachas, Obas, Chupán, Chavinillo, Margos, Chaulán… y Panao, y Llata, y Ambo y Huánuco.  ¿Quieren más?  ¿Por qué, pues, vamos a permitir que mistis chilenos, que son los peores hombres de la tierra, que son de otra parte, vengan y se lleven mañana lo nuestro?  ¿Acaso les tendrán ustedes miedo?  Que se levante el que le tenga miedo al chileno.

Nadie se levantó.  En medio del silencio profundo que sobrevino a esta pregunta, sólo se veía en los semblantes el reflejo de la emoción que en ese instante embargaba a todos; una emoción extraña, jamás sentida, que parecía poner delante de los ojos de aquellos hombres la imagen de un ideal hasta entonces desconocido, al mismo tiempo que la voz del orgullo elevaba en sus corazones una protesta contra todo asomo de cobardía.

Pero el viejo Cusasquiche, que era el jefe de los de Chavinillo, viejo de cabeza venerable y mirada de esfinge, dejando de acariciar la escopeta que tenía sobre los muslos, dijo, con fogosidad impropia de sus años:

– Tú sabes bien, Aparicio, que entre nosotros no hay cobardes, sino prudentes.  El indio es muy prudente y muy sufrido, y cuando se le acaba la paciencia embiste, muerde y despedaza.  Tu pregunta no tiene razón.  En cambio yo te pregunto ¿por qué vamos a hacer causa común con mistis piruanos?  Mistis piruanos nos han tratado siempre mal.  No hay año en que esos hombres no vengan por acá y nos saquen contribuciones y nos roben nuestros animales y también nuestros hijos, unas veces para hacerlos soldados y otras para hacerlos pongos (6).  ¿Te has olvidado de esto, Pomares?

– No, Cusasquiche.  Cómo voy a olvidar si conmigo ha pasado eso.  Hace cuatro años que me tomaron en Huánuco y me metieron al ejército y me mandaron a pelear al sur con los chilenos.  Y fui a pelear llevando a mi mujer y a mis hijos colgados del corazón.  ¿Qué iba ser de ellos sin mí?  Todos los días pensaba lo mismo y todos los días intentaba desertarme.  Pero se nos vigilaba mucho.  Y en el sur, una vez que supe por el sargento de mi batallón por qué peleábamos, y vi que otros compañeros, que no eran indios como yo, pero seguramente de mi misma condición, cantaban, bailaban y reían en el mismo cuartel, y en el combate se batían como leones, gritando ¡Viva el Perú! y retando al enemigo, tuve vergüenza de mi pena y me resolví a pelear como ellos.  ¿Acaso ellos no tendrían también mujer y guaguas como yo?  Y como oí que todos se llamaban peruanos, yo también me llamé peruano.  Unos, peruanos de Lima; otros, peruanos de Trujillo; otros, peruanos de Arequipa; otros, peruanos de Tacna.  Yo era peruano de Chupán… de Huánuco.  Entonces perdoné a los mistis peruanos que me hubieran metido al ejército, en donde aprendí muchas cosas.  Aprendí que Perú es una nación y Chile otra nación; que el Perú es la patria de los mistis y de los indios; que los indios vivimos ignorando muchas cosas porque vivimos pegados a nuestras tierras y despreciando el saber de los mistis siendo así que los mistis saben más que nosotros. Y aprendí que cuando la patria está en peligro, es decir, cuando los hombres de otra nación la atacan, todos sus hijos deben defenderla.  Ni más ni menos que lo que hacemos por acá cuando alguna comunidad nos ataca.  ¿Que los mistis peruanos nos tratan mal?  ¡Verdad!  Pero peor nos tratarían los mistis chilenos.  Los peruanos son, al fin, hermanos nuestros; los otros son nuestros enemigos.  Y entre unos y otros, elijan ustedes.

Y Pomares, exaltado por su discurso y comprendiendo que había logrado reducir y conmover a su auditorio, se apresuró a desenvolver, con mano febril, el atado que tenía a su espalda, y sacó de él, religiosamente, una gran bandera, que, después de anudarla a una asta y enarbolarla, la batió por encima de las cabezas de todos, diciendo:

– Compañeros valientes: esta bandera es Perú; esta bandera ha estado en Miraflores.  Véanla bien.  Es blanca y roja, y en donde ustedes vean una bandera igual allí estará el Perú.  Es la bandera de los mistis que viven allá en las ciudades y también de los que vivimos en estas tierras.  No importa que allá los hombres sean mistis y acá sean indios; que ellos sean a veces pumas y nosotros ovejas.  Ya llegará el día en que seamos iguales.  No hay que mirar esta bandera con odio sino con amor y respeto, como vemos en la procesión a la Virgen Santísima.  Así ven los chilenos la suya.  ¿Me han entendido?  Ahora levántense todos y bésenla, como la beso yo.

Y después de haber besado Pomares la bandera con unción de creyente, todos aquellos hombres sencillos, sugestionados por el fervor patriótico de aquél, se levantaron y, movidos por la misma inspiración, comenzaron a desfilar, descubiertos, mudos, solemnes, delante de la bandera, besándola cada uno, después de hacerle una humilde genuflexión y de rozar con la desnuda cabeza la roja franja del bicolor sagrado.  Sin saberlo, aquellos hombres habían hecho su comunión en el altar de la patria.

Pero Pomares, que todavía no estaba satisfecho de la ceremonia, una vez que vio a todos en sus puestos, exclamó:

– ¡Viva el Perú!

– ¡Viva! – respondieron las cincuenta voces.

– ¡Muera Chile!

– ¡Muera!

– ¡A Huánuco todos!

– ¡A Huánuco! ¡A Huánuco!

Había bastado la voz de un hombre para hacer vibrar el alma adormecida del indio y para que surgiera, enhiesto y vibrante, el sentimiento de la patria, no sentido hasta entonces.

Y al día siguiente de la noche solemne, al conjuro del nuevo sentimiento, difundido ya entre todos por sus capitanes, dos mil indios prepararon las hondas, afilaron las hachas y los cuchillos, aguzaron las picas, limpiaron las escopetas y revisaron los garrotes.  Nadie se detuvo a reflexionar sobre la superioridad de las armas del invasor.  Se sabía que un puñado de hombres extraños, odiosos, rapaces, sanguinarios y violentos, venidos de un país remoto, había invadido por segunda vez su capital, y esto les bastaba.  Aquella invasión era un peligro, como muy bien había dicho Pomares, que despertaba en ellos el recuerdo de los abusos pasados.  La paz de que se hablaba en Huánuco era una mentira, una celada que el genio diabólico de esos hombres tendía a su credulidad, para sorprenderles y despojarles de sus tierras, incendiarles sus chozas, devorarles sus ganados y violarles a sus mujeres.  Las mismas violencias cometidas con ellos secularmente por todos los hombres venidos del otro lado de los Andes, del mar, desde el wiracocha (7) barbudo y codicioso, que les arrasó su imperio, hasta este soldado de calzón rojo y botas amarillas de hoy, que iba dejando a su paso un reguero de cadáveres y ruinas.

Era preciso, pues, destruir ese peligro, levantarse todos contra él, ya que el misti peruano, vencido y anonadado por la derrota, se había resignado, como la bestia de carga, a llevar sobre sus lomos el peso del misti vencedor.

Después de dos días de marcha, recta y arrolladora, por quebradas y cumbres –marcha de utacas (8)– aquel torrente humano, que, más que hombres en son de guerra, parecía el éxodo de una horda, guiado por la bandera de Aparicio Pomares, coronó en la mañana del ocho de agosto las alturas del Jactay, es decir, vino a acampar en las mismas puertas de Huánuco, y, una vez allí, comenzó a retar al orgulloso vencedor.

Aquel reto envolvía una insólita audacia; la audacia de la carne contra el hierro, de la honda contra el plomo, del cuchillo contra la bayoneta, de la confusión contra la disciplina.  Pero era un rasgo que vindicaba a la raza y que venía a percutir hondamente en el corazón de un pueblo, dolorido y desconcertado por la derrota.

IV

La aparición de aquellos sitiadores extraños fue una sorpresa, no sólo para los huanuqueños sino para la misma fuerza enemiga.  Los primeros, hartos de tentativas infructuosas, de fracasos, de decepciones, en todo pensaban en esos momentos menos en la realidad de una reacción de los pueblos del interior; la segunda, ensoberbecida por la victoria, confiada en la ausencia de todo peligro y en el amparo moral de una autoridad peruana, que acababa de imponer en nombre de la paz, apenas si se detuvo a recoger los vagos rumores de un levantamiento.

Aquella aparición produjo, pues, como era natural, el entusiasmo en unos y el desconcierto en otros.  Mientras las autoridades políticas preparaban la resistencia y el jefe chileno se decidía a combatir, el vecindario entero, hombres y mujeres, viejos y niños, desde los balcones, desde las puertas, desde los tejados, desde las torres, desde los árboles, desde las tapias, curiosos unos, alegres otros, como en un día de fiesta, se aprestaban a presenciar el trágico encuentro.

Serían las diez de la mañana cuando éste se inició.  La mitad de la fuerza chilena, con su jefe montado a la cabeza, comenzó a escalar el Jactay con resolución.  Los indios, que en las primeras horas de la mañana no habían hecho otra cosa que levantar ligeros parapetos de piedra y agitarse de un lado a otro, batiendo sus banderines blancos y rojos, rastrallando sus hondas y lanzando atronadores gritos, al ver avanzar al enemigo, precipitáronse a su encuentro en oleadas compactas, guiados, como en los días de marcha, por la gran bandera de Aparicio Pomares.  Éste, con agilidad y resistencia increíbles, recorría las filas, daba un vítor aquí, ordenaba otra cosa allá, salvaba de un salto formidable un obstáculo, retrocedía rápidamente y volvía a saltar, saludaba con el sombrero las descargas de la fusilería, se detenía un instante y disparaba su escopeta, y en seguida, mientras un compañero se la volvía a cargar, empuñaba la honda y la disparaba también.  Y todo esto sin soltar su querida bandera, paseándola triunfal por entre la lluvia del plomo enemigo, asombrando a éste y exaltando a la ciudad, que veía en ese hombre y en esa bandera la resurrección de sus esperanzas.

Y el asalto duró más de dos horas, con alternativas de avances y retrocesos por ambas partes, hasta que habiendo sido derribado el jefe chileno de un tiro de escopeta, disparado desde un matorral, sus soldados, desconcertados, vacilantes, acabaron por retirarse definitivamente.

Esta pequeña victoria, humilde por sus proporciones y casi ignorada, pero grande por sus efectos morales, bastó para que, horas después, al amparo de la noche, los hombres de la paz y los hombres del saqueo evacuaran furtivamente la ciudad.  Huánuco, cuna de héroes y de hidalgos, acababa de ser libertada por los humildes shucuyes (9) del Dos de Mayo.

V

Al día siguiente, cuando los indios, triunfantes, desfilaron por las calles, precedidos de trofeos sangrientos y de banderines blancos y rojos, una pregunta, llena de ansiedad y orgullo patriótico, corría de boca en boca: “¿Dónde está el hombre de la bandera?”  “¿Por qué no ha bajado el hombre de la bandera?”  Todos querían conocerle, abrazarle, aplaudirle, admirarle.

Uno de los cabecillas respondió:

– Pomares no ha podido bajar; se ha quedado herido en Rondos.

Efectivamente, el hombre de la bandera, como ya le llamaban todos, había recibido durante el combate una bala en el muslo derecho.  Su gente optó por conducirlo a Rondos y de allí, a Chupán, a petición suya, en donde, días después, fallecía devorado por la gangrena.

Antes de morir tuvo todavía el indio esta última frase de amor para su bandera:

– Ya sabes, Marta; que me envuelvan en mi bandera y que me entierren así.

Y así fue enterrado el indio de Chupán Aparicio Pomares, el hombre de la bandera, que supo, en una hora de inspiración feliz, sacudir el alma adormecida de la raza.

De eso sólo queda allá, en un ruinoso cementerio, sobre una tumba, una pobre cruz de madera, desvencijada y cubierta de líquenes, que la costumbre o la piedad de algún deudo renueva todos los años en el día de difuntos.

 

Términos quechuas
(1) Chacchar: mascar coca.
(2) Supaypa-huachashgan: hijo del diablo.
(3) Taita: papá, papito.
(4) Chacta: aguardiente de caña.
(5) Misti: persona de tez blanca.
(6) Pongo: esclavo.
(7) Wiracocha: conquistador español.
(8) Utaca: hormiga. Especie de hormiga-león.
(9) Shucuy: especie de calzado rústico de piel sin curtir, doblado y cosido en los bordes, muy parecido a la babucha. Al que lo usa se le dice, por antonomasia, shucuy.

FIN

 

FUENTES:

César Vásquez Bazán

López Albújar, Enrique. 1920. Cuentos Andinos. Lima: Imprenta “La Opinión Nacional”.

Profesor Luis Veres Cortés –  Universidad Politécnica CEU San Pablo

 

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INDEPENDENCIA DEL PERÚ

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Proclamación de la Independencia del Perú.

 

Hay que destacar tres importantes momentos en la INDEPENDENCIA DEL PERÚ: declaración, proclamación y jura de la independencia.

01.-  DECLARACIÓN DE LA INDEPENDENCIA DEL PERÚ,  se realiza cuando el Cabildo firma el Acta de Independencia el 15 de julio 1821.

02.-  PROCLAMACIÓN DE LA INDEPENDENCIA DEL PERÚ, se realiza el 28 de julio de 1821.

03.-  JURA DE LA INDEPENDENCIA DEL PERÚ, se realiza el 29 de julio 1821, luego del TE DEUM Y MISA DE ACCIÓN DE GRACIAS, donde los asistentes juraron mantener y defender la LIBERTAD E INDEPENDENCIA DEL PERÚ del gobierno español y de cualquier otra dominación extranjera.

 

Sabemos que el generalísimo don José de San Martín, luego de consolidar la independencia de su país, Argentina, y después de vencer a los españoles en Maipú y Chacabuco, libertando a Chile, se dirige al Perú.  Sabía que mientras no se liberaba al Perú de la dominación española, todos los demás países recientemente liberados no estaban seguros ni consolidados sus libertades.

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Don Juan Antonio Álvarez de Arenales.

 

Es así que el Ejército Libertador comandado por el general José de San Martín desembarca en la Bahía de Paracas el 8 de septiembre de 1820, dirigiéndose luego a Pisco para declararlo independiente.  Desde allí, el 5 de octubre de 1820 sale rumbo al interior del Perú la Expedición de la Sierra al mando del general Antonio Álvarez de Arenales, con el encargo de acabar con las fuerzas realistas que se hallen a su encuentro.  Es así que luego de varios enfrentamientos en diversos lugares (Palpa, Nazaca, Acarí, Huamanga, Jauja, Tarma) llega a Cerro de Pasco, donde vence a los españoles en la batalla de Pasco o de Uliachín el 6 de diciembre de 1820, jurando la independencia de Cerro de Pasco el 7 de diciembre de 1820.  Este punto de Cerro de Pasco era el más importante, por encontrarse en ella la Caja del tesoro colonial.  Luego de esta batalla y logrados los objetivos trazados, Álvarez de Arenales se dirige a Huaura para reunirse allí con San Martín.

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Don José de San Martín

 

El Generalísimo don José de San Martín, luego de varios intentos de negociaciones, armisticios, entrevistas, conferencias, con los virreyes, primero Pezuela, y luego con La Serna, tratativas que resultaron infructuosos por ser irreconciliables ambas posiciones.  Es cuando San Martín, al mando de su ejército, viene e ingresa a la ciudad de Lima entre el 12 y 13 de julio de 1821.

El ejército realista al mando de Canterac había salido de Lima en junio de ese año hacia el interior del territorio peruano. También por estas fechas, el Virrey La Serna y sus leales se había refugiado en la Fortaleza del Real Felipe, en el Callao.

Con la finalidad de cumplir con el principio de la LIBRE DETERMINACIÓN DE LOS PUEBLOS, el Libertador San Martín envía un oficio el 14 de julio de 1821 al alcalde de la ciudad para que convoque a un cabildo donde se consulte la determinación del pueblo peruano si desea independizarse de España.

El 15 de julio de 1821 se realiza el cabildo abierto donde el pueblo convocado decide apoyar la causa patriota, redactándose el ACTA DE INDEPENDENCIA DEL PERÚ.   Autoridades, notables y otros vecinos de la ciudad firman el documento ese mismo día (más de 350), dejándolo abierto unos días para que lo firmen los demás vecinos de Lima.

La INDEPENDENCIA DEL PERÚ  es proclamada solemnemente por el Generalísimo don José de San Martín el sábado 28 de julio de 1821, a las diez de la mañana, desde un tabladillo instalado con frente a Palacio de Gobierno, en el centro de la PLAZA MAYOR o PLAZA DE ARMAS DE LIMA, en medio de gran júbilo popular.

Una vez culminado esta proclamación, el mismo solemne acto de PROCLAMACIÓN se repite en la plazuela de LA MERCED, en el jirón de la Unión, frente a la iglesia de La Merced.  Luego, hicieron lo mismo en la plaza de SANTA ANA (hoy plaza Italia) en BARRIOS ALTOS; terminando estos actos en la plaza del TRIBUNAL DEL SANTO OFICIO o de la INQUISICIÓN (hoy plaza Bolívar).  Se dice que se hicieron estas cuatro ceremonias para significar que se proclamaba a los cuatro vientos, a los cuatro puntos cardinales, la independencia del Perú.  Para que todo el mundo se entere.

Al regresar al centro de la ciudad, la comitiva oficial ingresa a la CASA DEL OIDOR ubicado en una esquina de la PLAZA MAYOR, desde cuyos balcones el Generalísimo don JOSÉ DE SAN MARTÍN saluda al pueblo allí congregado y recibe grandes vítores y ovaciones, siendo aclamado calurosamente por el gentío de la plaza limeña.

Luego, siguieron grandes celebraciones por tan magno acontecimiento en diversos lugares.  El pueblo limeño lo festejó en cada casa, en cada callejón, en cada barrio, y también en grandes salones.  Esa misma noche hubo un gran banquete y baile en el Ayuntamiento de Lima, y la noche siguiente en Palacio de Gobierno, con asistencia del Libertador San Martín y toda la crema y nata de la sociedad limeña.

Mediante decreto supremo del 3 de agosto de 1821 el Generalísimo don José de San Martín asume el mando político y militar del Perú con el título de PROTECTOR.  Es decir, asumía el cargo para proteger la libertad del Perú.

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LUIS ABANTO MORALES

LUIS ABANTO MORALES

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La vida de todo ser tiene un principio y un final.  Así ha ocurrido con la existencia de Luis Abanto Morales, quien ha fallecido a los 93 años de edad.  Su vida artística como cantante y compositor de música criolla, entre ellos el vals criollo, la marinera, el tondero, y otros ritmos como el huaino.  Nos dejó en la madrugada del miércoles 14 de junio del 2017 víctima del cáncer a la vejiga  que venía padeciendo.  Junto con Oscar Avilés, Arturo “Zambo” Cavero, Augusto Polo Campos y Jesús Vásquez fueron declarados Patrimonio Cultural Inmaterial de América por la OEA, el 3 de junio de 1987.

Nació un 25 de agosto de 1923 en la ciudad de Trujillo.  Dicen que pasó su infancia en Cajabamba, provincia de Cajamarca.  Quedó huérfano de padre, por lo que fue acogido por su abuela paterna.  Dicen que a los 13 años de edad llega a Lima donde reside, iniciando su carrera artística en 1942 luego de ganar el concurso “La Canción de los Barrios” organizado por Radio Callao.

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Luis Abanto Morales

Sus principales éxitos musicales son, entre otros tantos: La Pitita, Las Quimeras, El Provinciano, Nunca Podrán, Me Cuenta Un Amigo, Cielo Serrano, siendo el emblemático Cholo Soy con la que se identifica plenamente.

Nuestro “Cholo” Abanto, como cariñosamente se le conocía, tuvo una vida larga, y seguramente como la de cualquier mortal normal habrá tenido sus buenos y malos momentos en su vida íntima.

En los años cincuenta, cuando aún era pequeño, al escuchar sus interpretaciones me parecían desbordantes de alegría, contagiándonos, aunque muchas de sus canciones revelaban el drama social en la que se hallan inmersos los más pobres de nuestro país.

Tuvo presentaciones en tantos escenarios de nuestro país y también del mundo entero, pues donde quiera que actuara siempre cosechaba grandes aplausos, siendo reconocido como un artista que triunfó plenamente como cantante.

Sólo nos resta decir, Descansa En Paz don Luis Abanto Morales, “El Cantor Del Pueblo”.

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CIELO SERRANO

cielo serrano, como te añoro
como recuerdo, tu limpio tul,
te siento lejos, lejos muy lejos
y extraño triste, tu claro azul.

Cielo serrano, testigo hermano
de mis ensueños, de la niñez,
volver quisiera, a contemplarte
ser el humilde, sin altivez.

Tú que eres bello, porque eres bueno
porque no sabes, de distinción
como consientes, bajo tus plantas
que la injusticia, siembre el dolor.

Tú que cobijas, bajo tu manto
al pobre humilde, y al gran señor:
porque es que dejas, indiferente
que el rico explote, al trabajador (bis)

Porque no lanzas, contra el cobarde
que explota al indio, tu maldición,
y con tu rayo, terminas todo,
vicios riquezas y explotación.

Cielo serrano sereno y claro,
mudo testigo de eternidad,
hay quién pudiera llegar al fondo,
de tu insondable inmensidad.

Tú que eres bello, porque eres bueno
porque no sabes, de distinción
como consientes, bajo tus plantas
que la injusticia, siembre el dolor.

Tú que cobijas, bajo tu manto
al pobre humilde, y al gran señor:

porque es que dejas, indiferente
que el vil explote, al trabajador (bis).

 

“El más antiguo, el más verdadero y el más bello órgano de la música, el origen del cual nuestra música debe provenir, es la voz humana”. 

Richard Wagner.

 

 

 

FUENTES:

www.stereo90.com/lyrics/

https://es.wikipedia.org

elcomercio.pe/

rpp.pe › Nacional

 

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